El video de Noroña exhibiendo a la gobernadora de Campeche confirma lo que era un secreto a voces: Morena es un nido de traiciones donde ya ni los aliados se soportan.

La máscara de la “unidad inquebrantable” se ha podrido. Lo que vemos en el reciente video de Gerardo Fernández Noroña no es una simple diferencia de opinión, es el acta de defunción de la cohesión interna en el oficialismo. Al arremeter frontalmente contra Layda Sansores, Noroña no solo exhibe el autoritarismo de la gobernadora de Campeche, sino que pone al descubierto una fractura sistémica: en la 4T ya nadie confía en nadie y los acuerdos de palabra hoy valen menos que un audio del Martes del Jaguar.

El reclamo de Noroña es una bofetada al cinismo de Sansores. Mientras la gobernadora se dedica a imponer candidaturas a su antojo, ignorando encuestas y pisoteando a los partidos aliados (PT y Verde), Noroña le recuerda que su soberbia es la que los va a llevar a la derrota. “Se equivoca absolutamente”, dispara el senador, dejando claro que el bloque oficialista es hoy un barco a la deriva donde los capitanes se están matando entre ellos por los restos del botín político. La exclusión que denuncia Noroña es el síntoma de una enfermedad terminal: la ambición desmedida de una élite que ya no necesita enemigos externos porque se tiene a sí misma.

Esta ruptura es el resultado de un modelo basado en la lealtad ciega y no en la política real. Layda Sansores, embriagada por el poder en Campeche, ha decidido que el “movimiento” le pertenece, mandando al basurero de la historia a quienes le dieron los votos para llegar. Noroña, en un acto de supervivencia y hartazgo, ha decidido que ya no puede ser cómplice de las “torpezas” y el desprecio de la gobernadora. Es el colmo del ridículo: mientras predican la “transformación” hacia afuera, hacia adentro se apuñalan por el control de las listas nominales. La crisis entre estos dos personajes es solo la punta del iceberg de un conflicto nacional. Morena y sus aliados han dejado de ser un proyecto de nación para convertirse en un ring de lucha libre donde la única regla es la imposición. Si ni siquiera figuras con el peso de Noroña y Sansores pueden ponerse de acuerdo en lo más básico —el respeto a los aliados—, ¿qué le espera al país bajo su mando? La respuesta de Noroña es una sentencia de muerte para la simulación: el proyecto está roto, la confianza se esfumó y el “amor” entre corcholatas y aliados ha sido reemplazado por un odio interno que ya no conoce el pudor. La 4T no se está transformando, se está canibalizando.